El descubrimiento

Muchas veces en la vida sucede que las cosas que poseemos, más aún aquellas que nos pertenecen desde hace ya mucho tiempo, pierden valor ante nuestros ojos, debido a la seguridad que estos objetos representan y la falta de peligro de perderlos, de la misma manera que sucede en los noviazgos o matrimonios, cuando alguno de los dos se acostumbra de más a su pareja hasta que la pierde.

Hace no mucho tiempo, estaba cenando en el comedor de mi casa, cuando de pronto fijé la mirada en unas balanzas de plata localizadas dentro de una repisa repleta de libros de todo tipo.

Al verla, inmediatamente entendí el hecho de que por muchos años había tenido aquellas balanzas y nunca había sabido ni entendido para que servían, ni cuándo habían servido, ni de dónde provenían, algo que decidí investigar un poco, ya que repentinamente despertó una gran curiosidad en mí.

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Para resolver esta pregunta, tomé la balanza y la llevé a un museo, donde solía trabajar para que fuera examinada por  un amigo mío, quien se dedicaba a diagnosticar objetos debido a su procedencia.

Al llegar al museo y hablar con mi amigo, lo primero que hizo fue tomar el objeto con una lupa especial, para buscar ciertos rasgos familiares que distinguen la procedencia de ciertos objetos, algo que no pudo encontrar.

Al terminar esa revisión primaria, tomó las balanzas y las colocó en una especie de tina, donde fueron remojadas por una solución liquida que nunca debe de tocar la piel o podría irritarla gravemente.

Por esta razón, mi compañero se colocó unos guantes de cuero grueso y tomó el objeto con unas pinzas de hierro grueso, sacudiéndolas ligeramente, convirtiéndose el líquido, normalmente transparente, en uno obscuro, parecido a las aguas de un pantano.

Al cabo de unos minutos, sacó el objeto que lucía brillante y bastante hermoso al habérsele quitado el peso de los años, ahora reflejando su verdadera identidad, una identidad hasta entonces secreta para todos.

Resulta que las balanzas eran objetos de fabricación holandesa, del siglo XVII, utilizadas para pesar distintos objetos con el fin de poder medir su valor, para después venderlos en el mercado internacional.

Cuando recibí esa noticia, me hizo perfecto sentido, ya que concuerda perfectamente con el pasado del reino de Holanda.

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Holanda en el siglo XVII era la potencia comercial y marítima, remplazando a España de una manera violenta y sagaz.

El potencial holandés comenzó de una manera poco convencional y muy empresarial.

Todo comenzó con un grupo de holandeses que se mudaron a unas pequeñas islas del lejano Oriente, donde se dedicaron a coleccionar especies y contratar capitanes holandeses para que las llevaran a Europa, para venderlas a altos precios, proceso mediante el cual se usaban balanzas como la mía para pesar el producto.

Fue un descubrimiento muy interesante.

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